Un día recibe una carta de un tal Aquiles, que afirma que conocerle puede ser interesante no sólo porque ambos compartan nombres homéricos (el uso de nombres y apodos relacionados con la mitología grecorromana es constante en esta novela), sino porque no encaja en ningún parámetro de lo que puede ser considerado "normalidad". Efectivamente, Aquiles parece un síndrome que implica craneomagalia y una serie de trastornos que lo mantienen aislado del ruido, de la gente, (Sigue)
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sin más iluminación que la pantalla del ordenador a través del cual se comunica. Gasta bromas pesadas, es un obseso sexual que se pajea como un mono, tiene un sentido del humor retorcido.
Será que con la edad me estoy volviendo pacata, porque la manera de tratar el sexo me ha parecido un tanto zafia (aunque sí hay un capítulo muy divertido). Stefano Benni siempre se mueve entre lo real y lo imaginario y por tanto siempre consigue incomodarme de alguna manera, (y sigueee)
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como lo hace también cuando se confrontan las versiones de Aquiles y su hermano, el primero víctima de la enfermedad y el segundo producto de la desatención materna, porque el hermano demandaba todos los cuidados para sí. ¿Es Aquiles un prisionero o un opresor?
A pesar de todo, como siempre me pasa con este autor, el capítulo final me ha conmovido. ¿Dije zafio? ¿Dije incómodo? Pues al cerrar la novela pensaba "Qué belleza".